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El cambio como experiencia: Lo bueno, lo malo y lo feo

5 de febrero de 2013

“Un alto nivel de urgencia no implica un pánico perenne, ansiedad o miedo. Su significado se manifiesta en un estado en el que la complacencia está virtualmente ausente” John Kotter

Decir que la resistencia al cambio es algo normal se ha convertido en un cliché. Lo peligroso de este cliché es que da por sentado que el ser humano tiene una tendencia natural hacia el conservadurismo y a la defensa del estatus quo, lo cual es realmente difícil de sostener.

Los cambios en la vida son, en efecto, hechos que son interpretados por el ser humano. La manera de interpretarlo, puede ser entendida como el inicio de un proceso de toma de decisiones, donde nuestro pensamiento e intuición hacen su parte. En su inicio, nuestro juicio de valor acerca de un cambio identifica los potenciales beneficios o perjuicios que pueden darse como consecuencia de un cambio en nuestras vidas. Este juicio está impregnado de nuestras experiencias previas, la cultura de la que formamos parte, nuestros objetivos personales y el contexto. En este sentido, una mudanza, por ejemplo, puede representar una experiencia de cambio positiva, siempre y cuando sea vista como algo alineado con nuestros objetivos personales, tengamos expectativas positivas del mismo en función de lo que hemos experimentado acerca de las mudanzas, si el contexto es adecuado y si nuestra cultura favorece el cambio de residencia como una práctica de mejora de la calidad de vida o de independencia, por ejemplo.

En el caso de las organizaciones, la ambivalencia del cambio es más compleja, dado que los participantes del proceso de transformación tienen historias personales distintas, cobijadas bajo el manto relativamente estructurado de la cultura organizacional. En este caso, cambios como ascensos y aumentos salariales difícilmente puedan encontrar una resistencia por parte de los interesados. En casos menos evidentes, el cambio en la manera de trabajar puede ser una experiencia positiva si la nueva manera de hacer las cosas representa una mejora, tanto individual, como grupal y organizacional.

Tomando en cuenta lo anterior, es perjudicial asumir que la resistencia al cambio es algo natural, dado que las interpretaciones de las experiencias se agrupan de acuerdo a las múltiples perspectivas individuales. Estos grupos de interpretaciones, a favor y en contra del cambio, deben ser gestionadas con prácticas distintas, que permitan potenciar el impacto positivo de quienes apoyan la transformación y mitigar las emociones negativas, así como las acciones de los detractores, con un enfoque incluyente.

En conclusión, el cambio organizacional es una experiencia, con una complejidad única y con un potencial impresionante.  Con el acompañamiento adecuado y bajo un enfoque metodológico riguroso, la experiencia de cambio puede ser vista como algo positivo por los interesados, manteniéndose involucrados en el proceso de transformación, en lugar de ser meros espectadores.

En otras palabras, un proceso de transformación se convierte una experiencia positiva en la medida en que los interesados se convierten en protagonistas de las iniciativas de cambio.

Fuente: Blog de organizaciones inteligentes

Yker Valerio

@ykervalerio

Gerente de Proyectos

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